OPINIÓN

Mesa para Uno: El cachorro vikingo

Para cuando estas palabras sean expuestas a la lectura ya habrá habido un desenlace, ya habrán pasado días de la resolución de esta situación.

He tomado, cobardemente, esta sensación para escribir mi regreso a esta columna de opinión después de una mediana ausencia (creo). Esta sensación que, asumo, le es familiar a la mayoría de las personas es la que me impele a estar en el teclado. Una sensación de frustración, de desespero y vacío en las tripas.

Me he ido de la veterinaria con los pasos más derechos posibles, la respiración controlada y la boca seca. El cachorro que comenzó a ser parte de mi familia, de mi manada, hace ni cuatro días se encuentra hospitalizado. El pronóstico es reservado.

Por más que insistí en ser claro en que se pagará todo lo que se tenga que pagar, por más que llevo en la cuenta, no sólo dinero, sino un par de noches en vela, medicamentos, cuidados, caricias y palabras de amor. La respuesta del veterinario no fue modificada: “A partir de aquí, todo depende de él” me respondió señalando a mi cachorro tirado en la plancha de metal. Qué respuesta tan complicada para un controlador obsesivo como yo. En ese momento pensé: ¿Por qué debería de depender de él solamente, si apenas es un bebé, si para eso estoy yo? Para que dependa de mí.

Sin más por agregar a la conversación, me dispuse a la plática importante. Me dirigí a mi perro, que acostado sin fuerza, no hacía nada más que temblar un instante cada minuto mientras respiraba con lentitud. Le tomé el hocico por debajo con el dedo índice sosteniéndolo de la mandíbula y lo miré, lo más serenamente que podía, a los ojos. “Confio en ti, confío en ti. Recupérate. Resiste.” Sus ojos negros y brillantes no parpadearon. Yo quise creer que me entendió. Yo quiero creer que me respondió al encontrar su mirada con la mía. Aunque no hay manera de saberlo, en realidad. No ahorita, por lo menos.

Mientras lucha, mientras resiste el dolor sin emitir un sólo lloriqueo como estos últimos días. Mientras luchamos en nuestros correspondientes campos de batalla. Terminaré este texto y me dispondré a tomar la lección recién impartida por un animal de, tal vez, dos meses de edad, e intentarla con toda voluntad: Mirada firme, cabrón, ni un sólo pinche lloriqueo.

Javier Del Ángel B.

Estoy esperando ansioso el momento de traerte de regreso a casa, canijo.