OPINIÓN

Mesa para uno: El efecto Scheherezade

He venido al café de un amigo buscando robarle un momento a la tarde para distraerme del trajín de la rutina laboral. Un rato de poco ruido siempre ayuda. Supuse que el lugar sería una buena opción ya que a estas horas, entre semana, hay poca circulación de clientes.

Mientras busco alguna mesa para uno, veo que no me he equivocado. Solo dos mesas más están ocupadas. En una, dos señoras y un hombre mantienen conversación al tiempo que piden postre y, en otra, se encuentra una muchacha con una gran taza de café en frente y un libro entre las manos. Totalmente absorta. No parece tener más de quince años.

Me he decidido por un rol de canela con muy buena pinta y un café (de nombre raro) sugerencia de mi amigo. Mientras espero, observo a la chica, de nuevo. Ensimismada, enfocada en la lectura. Me transporta a la sensación que da leer una historia. Al escape tan placentero que es viajar a otros lugares sean reales o ficticios. A la curiosidad hambrienta por saber lo siguiente que pasará. Vivir la historia, respirar los aromas que se describen en ella, sentir el viento cuando no lo hay, o los adoquines debajo de las suelas de tus zapatos de un callejón que nunca pisarás porque sólo existe en el libro. El encanto de una historia bien contada.

Se contempla que la gente ya cada vez lee menos libros. Ya no les interesa, les da flojera, les parecen caros, los consideran una pérdida de tiempo o, simplemente, cosa del pasado… yo qué sé. Para mí, es diferente, lo encuentro increíblemente disfrutable. El quedar atrapado en una nueva historia no solo me hace, pensar, que ahora conozco un poco más sobre cierta situación o la vida en general, cosa que también es agradable, supongo que para cualquiera. También me deja una sensación similar a la que, de niño, tenía cuando en alguna reunión familiar escuchaba a mi abuela relatar sobre las tenebrosas noches que pasaba en la huasteca veracruzana. En donde lo mismo se batía contra brujas convertidas en cuervos, que era perseguida por espíritus atormentados a las orillas del río.

O ya un poco más grande, en casa de algún amigo, entrada la noche, acercábamos las sillas y, como si estuviéramos alrededor de una fogata, comenzaban las historias: anécdotas, aventuras, leyendas… Fueran propias, de sus padres, de sus abuelos. Sin duda, uno de mis momentos favoritos de esas noches.

El café está delicioso, a pesar de su nombre. El rol de canela mejor todavía. Al pedir la cuenta, me doy cuenta que me he quedado solo en el lugar. Las señoras y el hombre han desaparecido, y a la chica la ha venido a recoger un hombre muy mayor que ha insistido en ayudarla con una bolsa y el libro. Se han ido platicando y me han dejado la tranquilidad de que, la hoguera sigue aquí, encendida. Y aquí seguirá, esperando a que cualquiera nos sentemos a que nos cuenten una nueva historia.

Javier Del Ángel B.

Imagen destacada: Nozomi M