Mesa para Uno: Cena agridulce

Mientras espero a que me sirvan la cena, y le doy el primer trago a la limonada, recorro el panorama fuera y dentro del restaurante. Mato el tiempo mirando alrededor. Algunas personas llegando, otras yéndose. Un señor que podría estar pasando los 60 años entra y se decide por un lugar cercano al mío. Lo veo mientras observa con detenimiento el menú que le acaban de entregar. Una familia sale sonriente y se sube a su carro. Al encender el motor tiran por la ventana unas botellas de plástico. No parecen ser malas personas. Pero lo que hacen me revuelve el estómago y me hace apretar la quijada. Les hago señas a través del cristal sobre su basura, el padre me observa y se ríe con desdén mientras da reversa.

Pasan dos minutos a lo mucho, lo que tarda mi cerebro en quitarme prejuicios sociales, y salgo al estacionamiento a recoger la basura y buscar un bote de basura. Regreso a mi lugar sin novedad, salvo un par de observadores extrañados, y la mirada serena del tipo solitario. Qué poca educación, qué inconsciencia, qué poca madre, pienso.

Busco palabras objetivas para no quedarme con una molestia absurda, para no quedarme con los insultos nada más. Tal vez esas personas, como tantas en todas partes, no encuentran mayor perjuicio en que sus hijos o ellos mismos tiren un par de botellas de plástico a la calle. Qué más da. Un par más.

Parece que nos empeñamos en voltear hacia otro lado, cuando lo único que deberíamos de hacer es mirar con detenimiento lo que está en nuestras manos. Si hemos podido, como especie, ser lo suficientemente astutos para fabricar recipientes que nos facilitan la existencia cotidiana, entonces mínimamente deberíamos ser responsables en hacer un uso completamente adecuado de ellos. Eso, por supuesto, incluye el depositarlos en el lugar adecuado después de haberles sacado provecho.

Nos sigue sin importar cuántas tortugas con popotes en las fosas nasales nos presenten en videos, cuantos documentales “aburridos” nos pongan en Netflix. Cuantos comencemos a crear conciencia de lo importante que es el asunto de no contaminar, siguen habiendo demasiados que no lo son en lo más mínimo, que ignoran las potenciales consecuencias de nuestros actos.

No contaminar no tiene que ver con el hecho de ver limpia tu ciudad solamente, tiene que ver con ser responsable contigo, tus semejantes y los demás seres con los que compartes el lugar.

Sé que sueno como un exagerado, como un escandalizador. Tal vez en este momento lo sea. También sea de esos raros que les da tristeza ver a los pobres patos ahogados con pedazos de plástico en las gargantas, por decir alguno de muchos ejemplos. Pero, ¿qué se hace en momentos de impotencia sino gritar a la manera de uno? La cena está servida y ya no tengo tanta hambre. Comenzaré a cenar. Así como el tipo cerca de mí, que pidió mesa para uno. Quien sabe, tal vez supo de las tortugas con popotes enterrados en la “nariz” y decidió que las personas no eran buena compañía hoy. Igual que yo.

Javier Del Ángel B.

Imagen destacada: Juan Botella Lucas

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